Teología y Ciencia Social convergentes:

una escatología judía para la era nuclear

 

— Carlos Escudé *

 

 

Abstract

La primera parte de este trabajo recurre a fuentes talmúdicas para actualizar el modelo escatológico de la “semana cósmica”, compartido por la tradición cristiana. En la versión judía, la profecía se encuadra en la era nuclear. Que el Plan Divino incluya un fin-de-los-tiempos antropogénico no debe sorprender. Su consumación debe ser aceptada gozosamente por los hombres y mujeres de fe.

 

La segunda parte del trabajo recurre a un análisis científico-social convergente, basado en una modificación del concepto de sistema-mundial de Immanuel Wallerstein. En este caso, la ciencia social actual y la teología medieval judía convergen en una misma predicción.

 

 

PARTE I – El Reditus desde la teología judía

“Por mucho respeto que merezca en razón de su utilidad y antigüedad, predecir el fin de los tiempos nunca ha sido redituable.” Tal, por lo menos, es la autorizada opinión que Edward Gibbon nos legó en su Historia de la Decadencia y Caída del Imperio Romano.1

 

Pero nuestro Talmud jamás ha recurrido a la demagogia-por-omisión de quienes se abstienen de decir su verdad por temor a la desaprobación popular. No sorprende entonces que en él se haya fijado un año límite para el cumplimiento de las profecías bíblicas relativas a los tiempos finales.2 Esta audaz profecía sobre la profecía, explicada en minucioso detalle siglos más tarde por mi maestro Najmánides, se encuentra dos veces en el Babli (el Talmud Babilónico): en Avodá Zará 9 (a) y en Sanedrín 97(a) y (b). En los días fiales, ajarit hayamim, el fin de los días acaecerá a más tardar en el año 6000 del calendario hebreo, o sea en 2239-40 del gregoriano.

 

En ambos tratados se cita al Tanna debe Eliyahu, un antiguo midrash que enseña:

 

Porque el mundo que conocemos fue pensado para permanecer seis mil años (…). (Y) así como nosotros cumplimos con el precepto de que uno de cada siete años será de descanso, también El Santo nos proveerá un día de descanso, un día que durará mil años (…). Al final de este año sabático de días hará su entrada el tiempo del mundo-por-venir, un mundo en que la muerte nunca pero nunca más será.3

 

Ya en el siglo XIII, Moshé ben Najmán explicó la lógica subyacente a esta interpretación midrásica y talmúdica de la profecía. Mi ilustre homónimo gironí creía que a medida que la historia humana se desenvuelve, aumenta nuestra capacidad para descifrar enigmas bíblicos, y que su discernimiento era por tanto superior al de los tiempos talmúdicos. En su opinión, los significados literales y secretos de la Escritura, peshat y sod, están yuxtapuestos. Lo oculto se va develando a medida que la humanidad transita por el camino que va de la Creación a la Redención (el punto final). Los tiempos humanos y cósmicos son diferentes entre sí pero están interconectados. Dios proveyó al hombre del sol, la luna y las constelaciones, que son una suerte de reloj cósmico; una tecnología natural para medir el tiempo que transcurre en la Tierra mientras el hombre la habita. A su vez, la sociedad humana es un vector que empuja permanentemente hacia adelante, rumbo a la Redención. Hay toda una filosofía de la historia codificada en la Torá, que según el maestro es increada.4 Sus símbolos historiosóficos prefiguran e incluso predeterminan el futuro del mundo.5

 

Aunque le parezca fantasioso a una audiencia posmoderna, el cálculo escatológico es sencillo. Según el Rambán (Najmánides), si la Creación fue consumada en seis días la Redención habrá de completarse en un múltiplo de seis. El mismo modelo de “semana cósmica” está presente también en fuentes cristianas, como la Epístola de Bernabé (c. 135 e.c.), la Ciudad de Dios de Agustín,6 las Etimologías de Isidoro de Sevilla, y el Comentario al Apocalipsis de Juan, del Beato de Liébano, así que se trata de una auténtica tradición judeocristiana. Una teoría muy similar fue plasmada un siglo antes de Najmánides por otro ilustre catalán, el matemático, astrónomo y filósofo Abraham bar Hiyya, que vivió en Barcelona entre 1065-70 y 1136, e.c.

 

Es en virtud de este modelo que la tradición judeocristiana supone que el fin de los días profetizado en la Biblia se producirá en seis milenios, cada uno de ellos simbólico de un día de la semana primordial. Posteriormente hará su ingreso todo un milenio de gozo mesiánico representativo del sábado, cuyo advenimiento celebraremos con un lejá dodí, un celestial himno de bienvenida a la novia Shabat, bienamada del pueblo de Israel.

 

¿Poéticamente primitivo? Sin duda, si no fuera porque cuando estas precisiones fueron plasmadas en el Tanna Debe Eliyyahu y en el Talmud, muy lejos se estaba de saber que en el año 5705, o sea en 1945 e.c., apenas 305 antes del año límite, nacería una era nuclear caracterizada por la proliferación de armas de destrucción masiva, que habilitarían al hombre para cerrar el ciclo de la vida en la Tierra.

 

Asombrosamente, en 1945 las premisas historiosóficas de Najmámides se vieron confirmadas. El advenimiento de la era nuclear permitió verificar que el transcurrir de la historia humana facilita la interpretación del significado oculto de las Escrituras. No es lo mismo leer la Biblia ante la presencia de armas atómicas, químicas y bacteriológicas, y ante la realidad del cambio climático y de una rápida degradación de la bioesfera, que en el estado de inocencia de una humanidad que las desconoce. 7 Cuando el hábitat humano parecía infinito e inacabable había poco fundamento para suponer un fin de los días. Las lanzas, sables y carros de batalla, incluso la pólvora, eran una amenaza para las vidas, pero no para LA vida. La sangre abonaba la tierra. Y si la profecía bíblica parecía sin sustento, tanto más la puntualización talmúdica: 6000 años como límite. Pero lo que antes estaba oculto ahora está a simple vista. Los tiempos humanos y cósmicos están interconectados al punto que la evolución de la tecnología del hombre hace posible el cumplimiento de un Plan Divino pronosticado más de un milenio y medio antes de la llegada de esas tecnologías. Y la degradación ambiental y el recalentamiento de la Tierra potencian esa profecía.

 

Se trata de un Plan Divino con una dimensión escatológica que invalida la fácil idea de que los hombres y mujeres de fe se ahorrarán esos suplicios terrenales. Los hombres y mujeres de fe debemos aceptar gozosamente que algún día el mundo que conocemos llegará a su fin, y que es muy posible que Dios utilice a la debilidad humana como Su instrumento para la culminación de Su plan escatológico.

 

Por otra parte, lo acontecido hacia 1945 no se dio por generación espontánea. En los últimos dos siglos se ha venido produciendo una impresionante aceleración en el recorrido escatológico del pueblo de Israel y de la humanidad entera, permitiendo precisiones cada vez mayores respecto de las profecías bíblicas. La revolución tecno-científica, que había sido precedida por los descubrimientos de ultramar de España y Portugal, convirtió al globo terráqueo en una sola unidad, finita y por tanto pasible de ser destruida.

 

A su vez, hasta el comienzo de la emancipación de los judíos europeos en 1791, desde la perspectiva del pueblo de Israel la historia parecía estancada. La subordinación y humillación habían signado la existencia judía desde la destrucción del Segundo Templo en 70 e.c. Aunque durante ese intervalo de mil setecientos años se hicieron cosas tan importantes como asentar la Ley Oral por escrito, nada parecía indicar un resurgimiento. La profecía que le asignaba al pueblo judío un lugar protagónico en la inauguración de la Era Mesiánica parecía Letra muerta. A partir de fines del s. XVIII, sin embargo, el protagonismo del pueblo de Dios en asuntos mundiales comenzó a crecer a ritmo vertiginoso. La emancipación aún no había terminado de consumarse en Europa cuando, en 1896, Theodor Herzl publicó Der Judenstaat y procedió a fundar el Movimiento Sionista con vistas a la creación de un Estado judío.

 

En rápida sucesión siguieron la Shoah y la creación del Estado de Israel. Por cierto, ya en tiempos de Herzl, la descendencia de Yaacov, que nunca había dejado de tener presencia en el Levante, representaba más de la mitad de la población de Jerusalén, viabilizando la erección del Estado judío en la Tierra Prometida. En 1922, con el viejo Imperio Otomano desmembrado como consecuencia de la Primera Guerra Mundial, la Liga de las Naciones creó el Mandato Británico de Palestina, adjudicando al Reino Unido la misión explícita de crear allí un “hogar nacional judío”.

 

El régimen nazi alemán combatió este renacimiento. Primero auspició el éxodo judío de Alemania; en 1935 promulgó las Leyes de Núremberg; en 1938 inició persecuciones sistemáticas, y a partir de 1941 se abocó al exterminio planificado. La Shoá implicó la destrucción de la judería europea y el aniquilamiento de la mitad de los judíos del mundo entero. Derrotado Hitler, sin embargo, el premonitorio sueño de Herzl se concretó.

 

De repente, y desde 1948 hasta la fecha, las piezas están todas en su lugar para la consumación de la escatología bíblica. Por primera vez desde la dinastía hasmonea, la Tierra Santa está bajo la soberanía del pueblo de Dios. Y con la culminación del Proyecto Manhattan y la puesta a prueba del armamento nuclear en Hiroshima y Nagasaki, el género humano ha ingresado a la última fase de su historia. Najmánides tuvo razón. El devenir clarifica el sentido de las Escrituras.

 

Por cierto, si hay una reiteración en la historia humana, es que en todos los siglos se registran guerras totales, que son aquellas en que las principales potencias usan la totalidad de sus recursos bélicos y económicos para destruir a sus enemigos. En el siglo XX hubo dos de ellas, las más destructivas de la historia hasta el presente. Y la próxima, que ya se insinúa en la virulencia del extremismo islámico, bien podría ser la última.

 

Los “optimistas” opinarán que, frente a la macabra realidad de que las nuevas tecnologías de destrucción pueden aniquilar incluso al Estado más poderoso, ya no habrá guerras totales porque nadie apelará a sus armas más potentes. Pero ese juicio tiene escaso sustento. Es mera conjetura que ignora otra constante histórica: que todo siglo tiene su “Hitler”. ¿Qué es un Hitler? Un demente asesino a cargo de los destinos de una gran potencia; un Milosevic en la Casa Blanca; un Pol Pot en el Kremlin.

En verdad, una fácil estimación de probabilidades nos dice que la conjunción política que dé curso a la batalla final contra Gog y Magog, precipitando el fin de los días, se producirá casi inevitablemente en algún momento de aquí al año 2240. Lo mismo nos dijo el Talmud hace más de un milenio y medio, sin ningún conocimiento de los medios tecnológicos que eventualmente harían probable el desenlace profetizado en la Biblia.

 

Si compartimos la fe de mi maestro Najmánides, sólo nos queda regocijarnos, porque el triunfo contra Magog abrirá las puertas a la más gloriosa de las eras: el Shabat de los milenios.

 

¡Lejá Dodí!

 

 

PARTE II – El Reditus desde la ciencia social

 

Introducción – Teoría política de lo inexorable

“El fin de la OTAN está cerca”. Así comenzaba un ensayo de Immanuel Wallerstein de 1982. Este fue quizás el más pintoresco indicador del sesgo economicista de la mayor parte del pensamiento e investigación académica en torno del concepto del “sistema-mundial”. Impresionado su autor por el crecimiento del Japón, la profecía incluía una era denominada “post-americana” (tal el título de la primera parte de la antología de Wallerstein, Geopolitics and Geoculture: Essays on the Changing World-System).8 El fin de la Guerra Fría aún no estaba a la vista y sin embargo el vocablo “seguridad” no figuraba en el índice alfabético de esa compilación, ni tampoco en el de su extensa obra anterior sobre El Sistema Mundial Moderno.9 Si uno busca “security” en el índice del volumen II de la edición de lengua inglesa de este estudio ya clásico, sólo tropieza con el vocablo “securities”, un concepto bursátil.

 

No obstante, las importantes intuiciones que subyacen a la reflexión sobre el sistema-mundial no parecen cuestionables. Por el contrario, y tal como sostiene Wallerstein, desde un punto de vista epistemológico se trata del único “sistema social” verdadero, en tanto incorpora el “tiempo mundial” al análisis comparativo.10 El sesgo economicista de su análisis, sin embargo, lo condujo a la subestimación del papel de la seguridad en el sistema mundial. No cabe duda de que un pensador de su erudición estaba perfectamente consciente del papel de la fuerza armada en la preservación de los sucesivos órdenes que rigieron los destinos humanos. Sin embargo, excluyó este factor al momento de elaborar conceptos y acuñar teoría. Su definición es taxativa: “El sistema-mundial es la economía-mundial capitalista. Esta es la descripción de su estructura formal y su modo de producción (...)”.11

 

Este es un defecto teórico crucial, en tanto debería estar claro que los sistemas-mundiales poseen tanto una dimensión económica como militar (o “de seguridad”), y que a veces se produce un desfasaje entre estas dos dimensiones, de manera que el “centro” económico del sistema no siempre se superpone con su centro en materia de seguridad.

 

Por cierto, el sistema-mundial moderno está compuesto no por uno sino por dos subsistemas: una economía-mundial capitalista y una estructura de seguridad que hasta el final de la Guerra Fría estuvo fragmentada en dos alianzas antagónicas. Desde 1945 esta estructura estuvo caracterizada no sólo por su fragmentación sino también por el creciente desarrollo y proliferación de armas de destrucción masiva: parafraseando a Wallerstein, esta es una descripción de la estructura, el modo de producción y el modo potencial de destrucción del sistema-mundial. Nuestro aporte aquí consiste en sumar “el modo potencial de destrucción” al “medio de producción”, que es el concepto clásico del materialismo histórico.

 

Más aún, desde el lanzamiento del primer Sputnik en 1957, la Unión Soviética se convirtió en un gigante militar capaz de destruir el mundo (es decir, claramente parte del “centro” de aquella estructura de seguridad mundial fragmentada). No obstante, no fue en modo alguno parte del centro de la economía-mundial. Cuando la URSS sufrió su colapso, la Federación Rusa ingresó a la economía-mundial capitalista como parte de la periferia, a pesar que desde el punto de vista de la estructura de seguridad (siempre fragmentada) del sistema mundial neomoderno, continuaba siendo parte del centro, debido a sus miles de ojivas nucleares y su capacidad para lanzarlas.

 

Por otra parte, no puede argüirse que, por tratarse de un denominador común a todos los sistemas-mundiales, uno pueda eliminar la estructura de seguridad en la descripción de los mismos, como quien despeja los componentes de una ecuación algebraica. Esto sería un error porque las estructuras de seguridad poseen un tiempo mundial propio, paralelo pero diferenciado del de la economía-mundial. Más aún, en medida mucho mayor que los modos de producción, los modos de destrucción están inextricablemente vinculados al avance tecnológico. Y éste es una de las pocas constantes antropológicas de la historia humana.

 

Por cierto, el ser humano casi nunca des-inventa nada. Cuando la Edad de Hierro reemplazó a la Edad de Bronce, nunca volvimos a luchar con armas de este metal. Y cuando en 1945 se inventó la bomba atómica, su ominoso fantasma se instaló para quedarse. Lo mismo puede decirse de otras armas de destrucción masiva, químicas o biológicas.

 

Ciertamente, tanto la bomba de Hiroshima como los ataques mega-terroristas del 11 de septiembre de 2001 son puntos de inflexión en la historia humana. Simbolizan el advenimiento de una nueva era en que la humanidad ha adquirido los medios para su autodestrucción. La combinación de ambos acontecimientos es por lo menos tan significativa como la revolución neolítica y la creación del mundo moderno. Y una era de estas características estaba destinada a materializarse en algún momento de la evolución humana, por la sencilla razón de que el avance y acumulación de ciencia y tecnología necesariamente habrían de conducirnos hasta este punto.

 

La inexorabilidad de una “globalización” en el largo plazo de la historia humana

El mismo razonamiento vale para la “globalización”, que no es simplemente un proceso económico (como supone casi todo el mundo). Independientemente del proceso histórico que hizo triunfar al capitalismo sobre otros sistemas económicos, y más allá de cuál sería el sistema que en última instancia alcanzara la hegemonía, debido al avance tecnológico el planeta inexorablemente se convertiría en una sola unidad. No hay mejor definición de “globalización” que ésta. Y un lindo corolario acerca del advenimiento de la Era Mesiánica, quizás incluso una definición de la misma, es que coincidiría con esta transformación radical por la que el planeta se convierte cabalmente en una sola unidad.12

 

Incluso podría afirmarse que las fuerzas que tornan inevitables a estos fenómenos están grabadas en el código genético del homo sapiens. Desde esta perspectiva, Wallerstein se equivocó una vez más cuando afirmó que “no existe ninguna línea secular inevitable de la historia humana”.13 La economía-mundial capitalista ciertamente no era inevitable, pero tarde o temprano tanto el advenimiento de las armas de destrucción masiva como la globalización (en sentido lato) estaban destinadas a convertirse en características del sistema-mundial. Para bien o para mal, una vez alcanzada la globalización e inventadas dichas armas, estos ingredientes del sistema-mundial están destinados a permanecer mientras sobreviva nuestra especie. La guerra capaz de eliminarlos aniquilaría a la humanidad y a la mayor parte de la vida en la Tierra. La lógica secular converge plenamente con la teología del Exodus.

 

Por lo tanto, una vez alcanzada la era de armas de destrucción masiva la alternativa no es “post-americana”, como lo predijera y quizá deseara Wallerstein, sino “post-humana”. Y fue en este punto de inflexión que el “sistema-mundial moderno” fue reemplazado por lo que bautizamos como “sistema-mundial neomoderno”. Un modo de producción capitalista, un modo de destrucción masivo, y la democratización de los medios de destrucción caracterizan a éste, tal como evolucionó tras el colapso de la Unión Soviética.

 

En tales circunstancias históricas, la estructura de seguridad es más relevante que nunca. Su subestimación distorsiona la teoría aún más que en el pasado. Y la OTAN, a pesar de sus crisis y transformaciones, está tan viva como siempre, aunque sea sólo un apéndice de la política exterior de los Estados Unidos.

 

La frecuentemente ignorada globalización de los medios de destrucción

Por otra parte, un sesgo economicista también está presente en la mayor parte de la bibliografía neoliberal sobre la globalización publicada desde 1990. Se trata de una bibliografía que, al igual que su antítesis de izquierda neomarxista, yerra en la definición de la globalización misma e ignora que ésta no es sino el proceso puesto en marcha cuando Isabel de Trastámara le dio el “sí” a Cristóbal Colón.

 

Por cierto, parece obvio que la globalización siempre ha tenido dos dimensiones. Una de ellas es a la vez política y económica; la otra es tecnológica y por lo tanto, física o material. La primera es el producto de negociaciones y procesos sociales; la segunda es un emergente de un impulso humano permanente. La primera es reversible; la segunda, irreversible.

 

Con el advenimiento de la era de armas de destrucción masiva en la historia natural del sistema mundial, la posibilidad de reversión o colapso del proceso de globalización política y económica acarrea consigo el grave riesgo de un holocausto. Es así porque la crisis política y económica aguda suele traer aparejada la guerra total, que con armas de destrucción masiva significaría el fin de la especie. Por lo tanto, la globalización de los medios de destrucción no sólo es mucho más relevante que la dimensión política y económica de la globalización: también es la razón por la que, normativamente, parece imperativo impedir el deterioro de ésta. Y esa deseable estabilización puede alcanzarse sólo mediante una creciente consolidación y profundización de la dimensión político-económica de la globalización.

 

Una hipótesis que emerge de esta línea de razonamiento es que, si en las actuales circunstancias sistémicas, se produce un aumento de la concentración de poder en el polo más poderoso del sistema interestatal, la competencia geopolítica probablemente disminuirá y la estabilidad saldrá favorecida.

Si, por el contrario, se produjera una “democratización” del poder mundial conducente a una estructura interestatal multipolar, habría menor estabilidad, lo que equivaldría al aumento de la probabilidad de un holocausto.

 

Obviamente, estas hipótesis explicativas, vinculadas a una normatividad científica, son independientes de la cuestión, también difícil y azarosa, de si a estas alturas del proceso de acumulación de poder es o no posible que emerja un verdadero polo militar alternativo a los Estados Unidos, ya sea en Europa, Rusia o en la China. Por otra parte, es importante recalcar que las enunciadas son hipótesis popperianamente falseables, no certezas.14

 

En cualquier caso, la apuesta es incierta, inexorable y tenebrosa. El advenimiento de una era de armas de destrucción masiva necesariamente viene de la mano de la posibilidad del Apocalipsis y no puede conducir al optimismo.

 

Un error metodológico generalizado

Por cierto, es sólo cuando el materialismo queda reducido a mero economicismo que es posible caer en la falacia del optimismo. Esto fue lo que aconteció con la mayoría de los autores neoliberales. Deslumbrados por los fenómenos económicos y financieros producidos por el colapso de la Unión Soviética, olvidaron o dejaron de lado la cualidad globalizadora de las armas de destrucción masiva, y la globalización pasó a ser definida por algunos como “el sistema que (...) reemplazó al orden de la Guerra Fría, es decir, el capitalismo de mercado”. Hacia fines de 1998 el capitalismo de mercado y la globalización, falazmente considerados la misma cosa, fueron glorificados por Merril Lynch en avisos publicitarios que sostenían que “el mundo tiene apenas diez años de vida”, habiendo nacido presuntamente cuando en 1989 cayó el Muro de Berlín.15

 

Incluso autores académicos más sutiles y menos optimistas, como Robert Gilpin, tendieron a igualar la globalización con su dimensión económica:

 

El vocablo ‘globalización’ comenzó a usarse popularmente en la segunda mitad de la década de los ’80 en relación con las enormes sumas de inversiones extranjeras directas realizadas por corporaciones multinacionales (...).16

 

Como se ve, Gilpin persiste en un uso históricamente acotado del concepto “globalización”, aunque a diferencia de los neoliberales, nos recuerde que existe un enorme segmento de políticos, intelectuales y periodistas que tienen una visión negativa de los procesos involucrados.

 

Por cierto, desde el progresismo político liberal de un Joseph E. Stiglitz, hasta la izquierda académica neomarxista de un Wallerstein, prevalece una visión socialmente negativa de los procesos de globalización, junto con una definición acotada de este concepto que impide comprender la dinámica globalizadora inevitable del largo plazo histórico. Stiglitz, por ejemplo, nos dice:

 

¿Qué es este fenómeno de globalización que simultáneamente ha sido objeto de tanta condena y elogio? Fundamentalmente, es la creciente integración entre los países y pueblos del mundo, producida por la enorme reducción de los costos de transporte y comunicación, y la reducción de barreras artificiales al flujo de bienes, servicios, capital, conocimiento y (en mucha menor medida) gente, a través de las fronteras.

 

Como se ve, Stiglitz se mantiene estrictamente dentro de los límites del reduccionismo economicista. No hay en su discurso ni un atisbo de reconocimiento del lugar que le corresponde al desarrollo de medios de destrucción masivos como variable independiente en el largo plazo del proceso histórico mundial. Como en el caso de los neomarxistas, el relativo “pesimismo” de Stiglitz no capta el potencial apocalíptico del nuevo modo de destrucción masivo.17

 

Ninguna de estas escuelas se hacen cargo de la posibilidad creciente de autodestrucción de la especie, producida por una acumulación tecnológica que es independiente del tipo de organización económica. Ni el neoliberalismo ni el neomarxismo alcanzan a comprender que desde este punto de vista, que es más macro que el de su propio análisis, cuando se alcanza una globalización física (o material) con proliferación de armas de destrucción masiva, la humanidad peligra independientemente de que la economía mundial sea capitalista o socialista. El error no estriba en el materialismo, sino en acotar lo material a lo económico. Corregido el error, la seguridad militar o su antítesis, la amenaza absoluta, se convierten en uno de los factores generativos supremos del proceso histórico.

 

Por cierto, si como supuso el marxismo, en alguna etapa histórica el desarrollo y empleo de los medios de destrucción estuvo determinado por cuestiones “estructurales” vinculadas a la evolución de los modos de producción, tal relación de causalidad ha cesado con la aparición de armas de destrucción masiva. En el sistema-mundial neomoderno el factor militar (es decir, lo que llamamos la estructura de seguridad) es más relevante que nunca jamás y ha adquirido autonomía frente a los procesos económicos. Un país subdesarrollado o una organización terrorista con acceso a armas de destrucción masiva pueden desencadenar la guerra total que destruya a nuestro mundo.

 

Obviamente, el agravamiento del problema del terrorismo de extremismos religiosos sólo afirma la relevancia de la estructura de seguridad, tanto en el sistema-mundial actual como en la lógica subyacente a su devenir histórico. También en este plano fracasaron los análisis neoliberales y neomarxistas, demostrando otra vez que estos extremos de derecha e izquierda confluyen en el error metodológico. Ambos subestimaron el peligro, de manera análoga a la compartida subestimación de la amenaza proveniente de las armas de destrucción masiva.

 

Por parte del neomarxismo, ilustra este fracaso la compilación Chaos and Governance in the Modern-World System, publicada en 1999 por dos conocidos discípulos de Wallerstein, Giovanni Arrighi y Beverly J. Silver. En su índice alfabético las palabras “árabe”, “atómico”, “extremismo”, “fundamentalismo”, “nuclear”, “Palestina”, “terrorismo” y “armas de destrucción masiva” brillan por su ausencia. “Israel” está presente tan solo en referencia al historiador Jonathan I. Israel.18

 

Por parte de los difusores del neoliberalismo, ejemplificamos el fracaso analítico regresando al ya citado Friedman, quien en su obra de 1999 calificó a Osama Bin Laden como “un hombre enojado con superpoderes” que le declaró la guerra a los Estados Unidos. Lo menciona como si se tratara de un súper-villano de historieta. No lo trata como un peligro mundial sino en tono casi festivo, como mero ejemplo de cómo la globalización ha dotado de mayor poder no sólo a algunas empresas sino asimismo a los individuos, generalmente para bien, aunque a veces también para mal.19 La combinación de estos fracasos con la evidencia empírica de la emergencia mundial resalta lo que venimos diagnosticando: la autonomía de la esfera de seguridad militar frente a los factores económicos, en el nivel de gestación del proceso histórico de era neomoderna.

 

La guerra y la paz ya no son la variable dependiente de un largo plazo determinado por el desarrollo de los modos de producción. Son demonios independientes.

 

 

Conclusiones

Sólo un mecanismo de defensa psicológico que inconscientemente busque neutralizar las angustias de hombres y mujeres de poca fe puede explicar que, con tanta frecuencia, se tilde de primitivos a los conceptos teológicos medievales referentes al Reditus, es decir, el proceso por el cual, eventualmente, todo lo creado regresará a su Creador. Un análisis científico-social objetivo apunta a la inexorabilidad del fin de la vida humana en la Tierra, porque:

 

  • La globalización, definida como “el proceso por el cual nuestro planeta habría de convertirse en una sola unidad”, fue un proceso histórico inexorable, independientemente de los sistemas económicos que terminaran prevaleciendo.

 

  • La Tierra, que a los hombres de otras eras les parecía un hogar infinito, es desde los tiempos de Magallanes una sola unidad, y desde 1945 se ha convertido en un hábitat que puede ser destruido con un solo espasmo bélico.

 

  • Esto es así porque el hombre casi nunca des-inventa nada. Los aspectos materiales (es decir, tecnológicos y militares) de la globalización están con nosotros para quedarse, aunque colapsen los tratados que hacen posible la globalización comercial y financiera.

 

  • Todo siglo tiene “guerras totales”, en las que las mayores potencias usan todo su arsenal destructivo. Y aunque es verdad que en nuestros tiempos habrá más trepidación antes de desencadenar una guerra global, también es verdad que todo siglo tiene su “Hitler”, que no otra cosa que un demente en la Casa Blanca o en el Kremlin que puede estar dispuesto a precipitar el fin.

 

  • Por todo esto, la metáfora de la “semana cósmica”, usadas por teólogos medievales tanto judíos como católicos, conlleva una profecía acerca del final de los tiempos que, en la actualidad, está dotada de un tenebroso realismo.

 

  • Y en el caso de su versión judía, el tiempo límite para el advenimiento del Shabat de los milenios, el año 2240 e.c., coincide con una era en la que ya están en su lugar todos los elementos que, científicamente, hacen que ese desenlace sea posible y hasta probable.

 

  • Para los hombres y mujeres de fe, queda el consuelo de que ésta es la voluntad de Dios, tal como lo supieron nuestros sabios, judíos y cristianos, desde tiempos inmemoriales.

 

El proceso de Exitus-Reditus sobre el que enseñó Tomás de Aquino es parte del Plan Divino y no debe espantarnos. El regreso a Dios es el sentido mismo de la vida, tanto para las almas individuales como para la especie humana.

 

¡Lejá Dodí!

7

* Ph.D. por Yale University (1981); Investigador Principal (J) del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET); director del Centro de Estudios de Religión, Estado y Sociedad (CERES) en el Seminario Rabínico Latinoamericano ‘Marshall T. Meyer’; ex Fulbright Fellow (1978-81); ex Guggenheim Fellow (1984-85); Premio Konex (Diploma al Mérito en Ciencia Política 1996); comendador de la Orden de Bernardo O’Higgins (Chile); exprofesor invitado en Harvard University y en el Instituto Ortega y Gasset de Madrid; exinvestigador invitado en las universidades de Johns Hopkins (SAIS), Texas (Austin), Carolina del Norte (Chapel Hill) y Augsburgo (Alemania); Ashley Fellow 2003-2004, Trent University (Canadá), y Profesor Catedrático (honorífico) de la Universidad Argentina de la Empresa (UADE 2014).

 

El articulo amplía la publicación realizada en: FLORIO, LUCIO; GUREVICH, BEATRIZ; URRUTIA ALBISÚA, EUGENIO (Directores de edición),  DeCyR, Documentos y presentaciones del VIII Congreso Latinoamericano de Ciencia y Religión, 1ª. Edición: DeCyR, Buenos Aires, Junio 2015 (ISBN: 978-987-45880-0-5), 135-139. Publicación en formato electrónico: www.fundaciondecyr.org.

 

1 Vol. II, Cap. XV, p. 300, de la edición de 1783: "... however it may deserve respect for its usefulness and antiquity, [predicting the end of the world] has not been found agreeable to experience."

 

2 En la Biblia Hebrea o Antiguo Testamento, véase principalmente Isaías 1:26, 2:4, 2:17, 11:1, 11:2, 11: 4, 11:6–9, 11:10, 11:12, 25:8, 26:19, 51:11, 51:3, 52:13–53:5, 53:7, 60:12; 1 Cron. 22:8–10; Zacarías 8:23, 10:6, 12:8, 12:9, 11:12-14; Ezequiel 16:55, 36:29–30, 37:16-22, 39:9, 40; Sofonías 3:9; Amós 9:13–15.

 

3 El Tanna debe Eliyahu fue redactado por etapas entre los siglos III y X. Los sabios talmúdicos tuvieron acceso a los tramos de redacción más temprana y lo citaron varias veces como fuente de gran autoridad: “El Tanna debe Eliyahu enseñó…”. Uno de los temas que lo recorren es la evolución del mundo desde la Creación hasta el fin de los tiempos. Los seis milenios que nuestro mundo habrá de durar se dividen en tres períodos de dos mil años cada uno, después de los cuales sobrevendrá la paz. Véase Tanna Debe Eliyyahu: The Lore of the School of Elijah, traducción al inglés de William G. Braude e Israel J. Kapstein, Filadelfia: Jewish Publications Society, 1997; ER, cap. 2, folios 6-7 de la fuente, pp. 12-13 de la traducción.

 

4 También según el Midrash Tanjuma 1 y el Talmud Yerushalmí en Shekalim 25(b) y Sotá 37(a). Indicativa del mismo concepto es la sentencia talmúdica “no hay un antes ni un después a la Torá”, que se encuentra en Babli Pesahim 6(b), Sanedrín 49(b); en Yerushalmí Shekalim 25(b); Pesajim 31(b) y Sotá 37(a); y en el Midrash Tanjuma 8.

 

5 Nina Caputo, Nahmanides in Medieval Catalonia: History, Community, and Messianism, Notre Dame, IN: University of Notre Dame Press, 2008, p. 53-56 y 65-77.

 

6 La Ciudad de Dios, Libro XX, Cap. 7.

 

7 La diferencia entre las versiones judías y las cristianas consiste en que la convención que establece el “año 0” en la tradición cristiana, ubica a este año siglos antes que en la tradición judía. Por eso, el año 6000, que marca el comienzo del Shabat de los milenios, llega en la versión cristiana siglos antes de la era nuclear, invalidando su pretensión escatológica. En cambio, en la versión judía el año 6000 corresponde a un tiempo que proféticamente encaja con los desarrollos científicos y con la degradación ambiental, necesarios para un desencadenamiento antropogénico del fin de los tiempos.

 

8 Immanuel Wallerstein, “North-Atlantism in Decline”, publicado por primera vez en SAIS Review nº 4, 1982, y luego en I. Wallerstein, Geopolitics and Geoculture: Essays on the changing world-system, Cambridge (UK): Cambridge University Press, 1991.

 

9 I. Wallerstein, The Modern World-System, volúmenes I a III, Nueva York: Academic Press, 1976, 1980 y 1988.

 

10 El reloj o tiempo mundial es un útil concepto que Immanuel Wallerstein atribuye a Wolfram Eberhard. Subraya la importancia del contexto global en el momento en que se produce un acontecimiento. Por ejemplo, no es lo mismo comenzar una industrialización en el siglo XVII (cuando no había potencias industriales) que en el XXI. Alejándonos de los ejemplos económicos que prefiere Wallerstein, está claro que para un Estado débil la violación masiva de los derechos humanos de su propio pueblo no tenía las mismas consecuencias a principios del siglo XX (cuando el alcance de las potencias hegemónicas estaba mucho más acotado debido al menor avance de la tecnología, y cuando Estados Unidos aún no había desarrollado su política de exportación de derechos humanos) que en el siglo XXI. Y una guerra total antes del desarrollo de armas de destrucción masiva era mucho menos peligrosa que en la actualidad: en este caso, otra vez la tecnología marca el tiempo del reloj-mundial. Este concepto de tiempo-mundial contribuyó a superar el paradigma de la “modernización” de las décadas del ‘50 y ’60, que resultó engañoso. Ayuda a comprender por qué el desarrollo económico no puede entenderse, como pretendía Walt W. Rostow, en términos de una sucesión de etapas que se repiten en cualquier proceso de desarrollo (W.W. Rostow, The Stages of Economic Growth: A Non-Communist Manifesto, Cambridge: Cambridge University Press, 1960). También esclarece el hecho de que los países no se modernizan políticamente siguiendo etapas comparables, como lo entendía David Apter, a no ser que lo hagan bajo las mismas circunstancias mundiales (D.E. Apter, The Politics of Modernization, Chicago: University of Chicago Press, 1965). Porque el reloj-mundial condiciona todos los procesos, ni un país ni una región del mundo es un sistema social en sí mismo. Es por eso que Wallerstein sostiene que el único verdadero sistema social es el sistema-mundial. Ibidem, Volumen I, p. 6.

 

11 I. Wallerstein, “Typology of Crises in the World-System”, publicado por primera vez en Review, vol. 2, nº 4, Otoño 1988 (Fernand Braudel Center), y luego en Geopolitics and Geoculture..., p. 107.

 

12 Esta idea sobre la era mesiánica fue aportada por Beatriz Gurevich al leer la primera versión de este ensayo.

 

13 Wallerstein, op.cit, p. 106.

 

14 También podríamos postular las hipótesis opuestas: que un mundo bipolar o multipolar sería más estable que el unipolar, y que por lo tanto la “democratización” del poder militar mundial entre varios Estados sería una cosa buena. En la medida en que buscáramos su falsificación, para consolidarlas o descartarlas, no habría diferencia alguna en el planteo.

 

15 Thomas L. Friedman, The Lexus and the Olive Tree: Understanding Globalization, Nueva York: Anchor, 2000, p. ix y xvi.

 

16 Robert Gilpin, The Challenge of Global Capitalism: The World Economy in the 21st Century, Princeton, Princeton University Press, 2000, p. 16-22.

 

17 Joseph E. Stiglitz, Globalization and its Discontents, Nueva York y Londres: W.W. Norton, 2002, p. 9.

 

18 Giovanni Arrighi y Beverly J. Silver, Chaos and Governance in the Modern-World System, Minneapolis: University of Minnesota Press, 1999; p. 275.

 

19 T.L. Friedman, ob. cit., p. 14.

Año 5 | n.° 7

Novembre

2016

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